Crónica de la separación de los amigos, al amanecer del 9 de enero de 1990, en Santiago
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Los sueños panameños de Marius se hicieron trizas ante la realidad de la suprema voluntad paterna de los suyos, había sido un mes de intensa vida y un desgaste que a su vez marcó hitos en nuestras vidas, queríamos eternizarlo, mas ya era hora de pisar tierra, enfrentar las encrucijadas. Arrocha en su pensamiento civilista vio un rayo de luz tras la invasión, mas el tiempo ahora me ha demostrado -nos ha demostrado- que hay momentos en nuestros vidas que son cruciales y que estamos en plena definición de nuestro futuro inmediato y mediato. Fuimos escenas patéticas: llanto, rabia contra el hado, contra esas fuerzas absolutas que se ciernen sobre nosotros, su tarde familiar del 8 de enero tan amarga y real, por no decir cruel y esa noche en la Pizzería entre cervezas, humor negro, esperanza, maldiciones y una pizza indigesta, fue un momento que nos puso a prueba, debimos definirnos en la coyuntura donde se separan los hombres de los niños y a ratos fuimos ambos, mas a la fuerza, a medianoche, en ese amanecer cada uno se hizo más hombre a su manera, lo puedo decir de Marius y de mí mismo, separados de su cuna y encarando nuevas facetas vitales. De Ilyas, puedo decir que ha asimilado mucho mejor las experiencias ajenas, lo que no puedo decir de Pipo, que ni las propias puede digerir.
Esta es la eterna evolución de la vida, el Demian perpetuo.