Hubo un tiempo en que prados, bosquecillos y arroyos,
la tierra y sus visiones cotidianas,
todo me parecía
con luz celeste ornado,
con el frescor y gloria de los sueños.
Pero como fue antaño no es ya ahora,
y dondequiera vuelvo la mirada,
en la noche o el día,
no me aparece ya las cosas de otros tiempos.

Surge y se apaga el iris
y está linda la rosa;
la luna, con delicia
contempla en derredor, por el cielo sin nubes;
aguas, en noche de luceros,
son hermosas y dulces;
es glorioso nacer el sol que se levanta:
mas dondequiera vaya, bien advierto
que un esplendor ya se apagó en el mundo.

Ahora, mientras cantan las aves dulcemente
y saltan corderillos
como a son de tambor,
sólo hasta mí llegaba un pensamiento triste:
pero en sazón lo dije y me he aliviado
y soy fuerte otra vez.
Cascadas en la sima, sus trompetas
tocan: no turbará mi pena al tiempo claro.
Oigo los ecos juntos, en los montes,
y los vientos me llegan de bancales de sueño
y está alegre la tierra.
Tierra y mar
se dan al alborozo:
con el latir de mayo,
ya toda bestezuela retoza. en su vagar.
¡Oh tú, mocillo alegre!
Chilla en torno, y tus gritos oiga, zagal feliz.

Nuestro nacer es sólo un sueño y un olvido:
el alma, al despuntar, estrella de la vida,
en otra parte tuvo ya su ocaso
y de muy lejos llega;
no un entero olvido,
ni del todo desnudos,
sino arrastrando nubes de gloria, nos venimos
de Dios, que es nuestro hogar.
El cielo nos circunda en nuestra infancia;
las sombras de la cárcel se acercan,
en cuanto crece el niño,
pero la luz ve aún y su nacer,
pues brilla en su alborozo.
El mozo, más lejano de Oriente cada día,
es sacerdote aún de la Naturaleza,
y la visión magnífica
sus sendas acompaña;
el hombre, al fin advierte que se apaga
y el día cotidiano la absorbe entre su luz.

¡Oh alborozo, pensar que en nuestras brasas
hay algo que perdura,
y que recuerda la Naturaleza
lo que era tan fugaz!
Rememorar mis días de antaño me sugiere
perpetuas bendiciones; y no aquello
más digno de alabanza:
delicia y libertad y el credo simple
de la niñez, en calma o dada a sus tareas,
con reciente esperanza volándole en el pecho:
no por ello levanto
el canto de la alabanza y gratitud,
sino por las preguntas obstinadas
del sentido y las cosas exteriores,
lo que se nos desprende y desvanece;
brumas e incertidumbres de quien anda
por mundos irreales,
altos instintos, que nuestra mortal esencia
temblar hicieron, como en culpa sorprendida;
sino por las primeras afecciones
y borrosos recuerdos,
que, sean lo que fueren,
son aún manantial de luz de nuestro día
son aún luz maestra de todo nuestro ver
y levantan y amparan, haciendo que parezcan
los bulliciosos años momentos en el ser
del eterno silencio, verdades que despiertan
para no morir más;
que ni la indiferencia, ni los empeños locos,
ni el hombre, ni el muchacho,
ni aquello que es hostil a la alegría,
podría enteramente borrar ni destruir.
Por eso, en la estación del tiempo claro,
aunque muy tierra adentro nos hallemos,
nuestras almas columbran aquel mar inmortal
que aquí nos trajo un día,
y en un instante vuelven a surcarlo,
y a los niños divisan, que juegan en su playa
y oyen las fuertes aguas, meciéndose sin fin.

¡Alzad, pájaros, pues el canto alborozado!
¡Que jueguen corderillos
como a son de tambor!
Iremos en espíritu con vuestro gran cortejo,
con los del juego y la zampoña,
con los que sienten en su corazón
la alegría de mayo.
Pues, aunque el esplendor, tan encendido antaño,
se quite para siempre de mi vista,
aunque nada pudiera devolverme la horas
de luces en la hierba y de gloria en la flor,
no habré de entristecerme, y hallaría
fuerzas en lo que aun queda:
en aquella primera simpatía,
que, habiendo sido, durará ya siempre;
en aquellos pensares tranquilos, que brotaron
de las humanas cuitas;
en la fe que traspasa las lindes de la muerte;
en los años, que traen la mente reflexiva.

Y vosotros, ¡oh fuentes, prados, colinas, bosques,
no dejéis que se aparten amores de otros días!
Pero siento en lo hondo del alma vuestra fuerza.
Abandoné tan sólo una delicia
para vivir en vuestro dominio habitual.
Me gustan los arroyos que tiemblan en sus cauces,
aún más que cuando yo brincaba como ellos;
el inocente brillo del día, cuando nace,
tiene aún sus hechizos;
las nubes que se ciernen en torno al sol poniente
reciben un color severo de aquel ojo
que contempló nuestra mortalidad.
Corrióse otra carrera; ganáronse otras palmas.
Gracias al corazón que nos da vida,
gracias a sus ternuras, alegrías y miedos,
la flor más apagada, al abrirse, me brinda
pensares demasiado hondos para las lágrimas.


Traducción  de M. Manent y Juan G. de Luaces

La versión original en inglés se puede hallar en este link:
https://songosmeltingpot.blogspot.com/2008/08/intimations-of-immortality-william.html

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BLAKE / WORDSWORTH / TAYLOR y otros. POESÍA ROMÁNTICA INGLESA. Ediciones ORBIS, S.A. - Editorial ORIGEN, S.A., 1982, Barcelona, España