Bombas de miedo
‘Lo único real es el pasado. La historia es siempre falsa’. El pasado ocurrió, la historia es contada por unos u otros, dependiendo del lado del campo de batalla en el que nos encontremos.
Yo tenía dieciocho años recién estrenados, estaba a punto de terminar el instituto, en mi cabeza adolescente el mundo era un lugar más sencillo de lo que es ahora. Las cosas eran blancas o negras. Las películas de vaqueros con las que trufé mi niñez me hacían creer que los malos eran malos sin fisuras y los buenos eran buenos a machamartillo. Entonces Norteamérica pretendió dar un golpe rápido en un pequeño país centroamericano para capturar al militar en el poder, Manuel Antonio Noriega, comandante en jefe de la guardia nacional desde 1985 y llevarlo a los tribunales, e instalar en el sillón presidencial a Guillermo Endara, el presidente elegido en las urnas en mayo de 1989 y la elección fue invalidada por los afectos a Noriega. La situación en Panamá se había enrarecido desde que en junio de 1987 el coronel Roberto Díaz Herrera acusara al MAN de asesinatos, fraudes electorales y conexiones con el narcotráfico. En diciembre de ese año la Asamblea Nacional nombraba a Noriega Jefe del Gobierno con un mandato indefinido. Cuando el clima se enrareció aún más, el comandante Noriega declaró el estado de guerra contra Estados Unidos y se proclamó Jefe del Ejecutivo.
Esto es lo que estaba ocurriendo mientras yo cumplía mi mayoría de edad en una ciudad española de provincias. Hechos históricos. O los que asistimos desde afuera creemos que lo fueron. Hechos irrefutables. Que muchas veces no lo son tanto. De algo de esto leemos en esta novela. De personas que empiezan a dudar de sus certezas. De gente que teme, que duda.
En alguno de los periódicos españoles recuerdo que se destacó el masivo apoyo de la ciudadanía norteamericana a la invasión, pero también el apoyo de los panameños a la misma, y lo recuerdo perfectamente porque fue tema en mis tertulias juveniles, hablábamos, los jovencitos culicagados españoles, acerca de los ‘vendidos’ a los yanquis. La juventud es atrevida, y la ignorancia también. 
Y mis recuerdos no son errados, tal y como he investigado hace unos días: para corroborar aquellas memorias, he vuelto a leer las noticias de aquellas semanas y veo que Joaquín Ibarz destaca en el artículo de La Vanguardia del 4 de enero de 1990, llevan camisetas con el lema ‘Just cause’ mientras gritan ‘Gracias Bush’ Los soldados son tratados como héroes en el país al que llegaron como invasores. 
El cuatro de enero, en el ABC, Enrique Serbeto escribió: “El martes dos de enero Guillermo Endara Galimany salió al balcón del palacio presidencial de Las Garzas para recibir su primer baño de multitudes. Pero abajo apenas si había un centenar de personas, la mitad periodistas y la otra mitad guardaespaldas”.
En La Vanguardia, el seis de enero de 1990 se mostraban fotos de manifestaciones en Panamá donde la gente portaba carteles que rezaban: ‘Panamanians support U.S. Invasion’ y ‘Thank you president Bush’.
En las portadas de los principales periódicos españoles la noticia se trató de maneras distintas, pero solo en algún periódico se condenó tibiamente. Ni siquiera El País, el periódico para el que trabajaba Juanxo Rodríguez, el fotógrafo muerto por disparos de bala en una zona controlada por EEUU, condena taxativamente la invasión. 
Esto es, más o menos, lo que la opinión pública española leyó a lo largo de las semanas que siguieron a ese día, al 20 de diciembre de 1989. 
He leído muchos libros, artículos de prensa panameña y extranjera, he escuchado arengas, discursos y conversaciones de café. He charlado con algunos de los protagonistas principales de aquella historia. Sé que el Comando Sur del Ejército de los Estados unidos informó de la muerte de 314 militares y 202 civiles panameños y 23 soldados americanos. Sé que algunos medios hablaron de cerca de cuatro mil bajas entre muertos y desaparecidos. He visto fotos de personas cargando lavadoras, refrigeradoras. He oído decir que esas navidades fueron las mejores en mucho tiempo porque hubo regalos (robados, claro está) para todos los de la casa. 
Han pasado más de veinte años desde aquella noche del 19 de diciembre de 1989, y en realidad hay muy pocos estudios acerca de lo que ocurrió. Yo llegué a Panamá en septiembre de 1997. Aquí me encontré con las consignas repetidas una y otra vez. Quise, por simple curiosidad, investigar, ahondar en las causas, en el por qué, en las consecuencias reales. Y descubrí que hay muy pocos análisis y ningún informe oficial realmente fiable, todavía no. Aún así hay un puñado de documentales, unas cuantas películas, montones de artículos en los periódicos y cientos de libros de ficción, o no, sobre el tema. Sin ir más lejos, en la última edición del Premio Miró treinta y cuatro de las treinta y cinco obras presentadas al apartado de novela, (menos una, la ganadora), versaban sobre la invasión norteamericana a Panamá. Una vez más, los panameños mitologizan la historia. Hay pueblos que historifican los mitos y pueblos que convierten en leyenda la historia. Panamá hace ambas para convertir el pasado en historia y la historia en pasado. Anayansi y Rufina Alfaro se codean con Victoriano Lorenzo y en las mentes panameñas los muertos en el saqueo se confunden, ante la falta de datos verídicos y confiables, en una maraña de heroísmo y resistencia fútil de los defensores que, con valentía, enfrentaron un destino pronosticado. Panamá ama los finales trágicos y las historias de esfuerzo inútil: la Guerra de Coto; la sangrienta conquista y sus aperreamientos contados de boca en boca hasta la extenuación; Victoriano, el bandolero y buen ladrón, fusilado por el Estado totalitario y cruel (que, por cierto, ya estaba compuesto por criollos)… La invasión norteamericana es, una vez más la lucha de David contra Goliat, con la diferencia de que aquí, Goliat sí esquivó la pedrada y masacró a los que trataron que parársele delante.
No me malinterpreten, muchos otros pueblos se obsesionan con un episodio de su historia que, por una u otra razón queda fijado de manera indeleble en el inconsciente colectivo. Los panameños aún no terminan de cerrar la herida de la invasión. Y en un titánico esfuerzo, relatan el trauma de una y cien maneras. Una de esas maneras es el libro que tenemos entre manos. Una invasión que en el libro no se muestra directamente, sino por referencias veladas, por el ruido de esos aviones que se cuelan dentro de la casa. A pesar de que la voz principal la lleva una adolescente, la novela se convierte en un coro donde, en las distintas voces, podemos apreciar las distintas aristas de una situación dolorosa para todos. 
Una adolescente, una niña apenas empezando a descubrir el mundo nos narra como su universo conocido y feliz se resquebraja de un día para otro, como todo aquello que creían inmutable cambia en unas horas y como, esa figura paterna inmensa y un poco atemorizante, se transforma en realidad en un latido que falta. Como el palo en el frente de la casa, que indeseado en un principio termina siendo la sombra que protege a los que quedan.
La invasión norteamericana se cuela de repente y sin previo aviso en esta casa de mujeres solas, en este mundo femenino donde los únicos referentes masculinos están enfrentados y separados por un arma y unidos por el alcohol y la música. Debates separados por una pistola, la misma que permitirá comprar alimentos.
Aviones dentro la casa nos muestra, a los que quieran mirar más allá de lo evidente, que nada es blanco o negro. Que nadie es bueno o malo. 
Uno de los protagonistas de esta historia, un personaje de novela que tenemos entre nosotros, el coronel Roberto Díaz Herrera me dijo en cierta ocasión que nuestras vidas se miden en promedios, nada es 100% bueno o 100% malo, solo podemos tratar de que nuestros porcentajes de cosas correctas superen a las cosas incorrectas. Carlos Fong nos presenta una novela de sacrificios, de ideales que se demuestran fútiles y de actuaciones prosaicas que marcan carácter. Los promedios, en esta novela, son positivos y lo que se ofrece es esperanza.
En este microcosmos la invasión es un revulsivo que decanta la realidad y nos permite ver la realidad con otro cristal, un cristal manchado con los orines de Nati y con el oxígeno de la madre de Tomasa. Pero también con el miedo de Ricardo y la rabia y la valentía de Paolo.
Las ensoñaciones de la protagonista nos introducen en una atmósfera que aunque pueda parecer irreal, termina siendo la única realidad histórica hasta ahora en ese episodio, una realidad de rumores, dichos y contradichos, supuestos y cuentos. Donde todos tienen su propia historia y pocos conocen o quieren conocer realmente el pasado.
En el tema de la invasión, como en muchos otros episodios históricos en Panamá, los panameños, hasta el momento se conforman con acusar al colonizador o al colonialismo de todo aquello que les pasa. Yo creo que ya va siendo hora de que salgan de esa estrecha cárcel, de que miren un poco más allá y que Panamá empiece a ser, no solo un personaje secundario al que el destino trae y lleva y que solo puede quejarse de la mala suerte que le acontece, sino que tome las riendas de su destino y empiece a ser protagonista de su historia, ya no de su pasado, sino de su historia. Ricardo y Paolo lo hicieron.
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Texto leído en el conversatorio sostenido en la Biblioteca Simón Bolívar de la Universidad de Panamá, el 12 de noviembre de 2016