A APOLO MUSAGETA

Un inmenso dolor quiere ser canto,
en la orilla celeste del paisaje.

Coronado de olivos suplicantes
¡oh dios, arrodillado, yo te invoco!

Intento conmover tus ojos fríos,
tus sienes de platino inaccesible.

Voy vestido de negro, rosas negras
ofrezco a tus sublimes manos puras.

Tú, que fuiste pastor, mírame esclavo
por senderos que pisan los corderos.

Dominas mi temblor con tu inmutable
sonrisa que refleja el horizonte.

Las nubes lentamente me traspasan,
me muevo en un silencio desolado.

¡Incéndiame de espadas y de gritos
y mira cómo sufro entre tus labios!

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A GIOCASTA CORMA

Giocasta, en el jardín de mi locura,
sola nieve entre nardos y manzanas,
que me dejas tus músicas hermanas
en la sangre de tanta desventura.

Mis frutales furiosos, tu ternura
apacienta con mágicas... lejanas
caricias que sollozas y desgranas.
¡Oh doncella que habitas mi tortura!

¡Frente celeste! ¡Manos incendiadas!
Desorden vegetal de mi alma inerte
en tu clima de blancos instrumentos.

Yacentes, suplicantes, derribadas,
las horas de esta vida de mi muerte
te elevan entre blandos monumentos.

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Retrato de Juan Eduardo Cirlot en su habitación de trabajo, copia fotográfica moderna (Francesc Català-Roca, 1954)

Fuente: Revista de letras