Por Mónica Miguel Franco (*)
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INTRODUCCIÓN

     Al enfrentarnos con el fenómeno religioso del Cristo de Portobelo, nos encontramos muchas con eruditos y religiosos que desdeñan estas expresiones de fervor por ser populares, por estar opuestas a aquello que se entiende como racional y claro.
     En primer lugar, deberíamos intentar definir con la mayor precisión posible lo que significa religiosidad popular, podría decirse que es una búsqueda de la divinidad sencilla y directa. El pueblo trata de superar todos los trámites intelectuales y conceptualistas. Evitar relacionarse con lo divino de una forma dogmática. Se trata de llegar a lo sagrado no por la razón, ni por el entendimiento, sino por medio de la intuición y el sentimiento.
     Esta forma directa de comunicación implicará, desde luego, un rechazo a la intervención del sacerdote entre el hombre y Dios, la fe del pueblo es sencilla y las relaciones con lo sagrado son más cordiales. La intervención del sacerdote es una barrera en los tratos que con lo divino hacen los feligreses.
     Dentro de la religiosidad popular caben entonces todas las actividades que, sin ser reconocidas como estrictamente religiosas, rodean y a veces llegan a transformar los actos religiosos, esas actividades pueden ser enormemente variadas: cívicas, profanas, lúdicas, o de cualquier otro tipo.
     La forma más sencilla de entender este tipo de religiosidad es definiéndola sencillamente como religiosidad del pueblo. Pero ¿porqué existe una religión del pueblo y una religión culta?. Para explicarlo tenemos que entender que en un cierto momento el clero se ha convertido en un cuerpo de burócratas que presentan y representan a lo sagrado sólo en horas de oficina. El pueblo tiene la necesidad de sentir la divinidad de una forma mucho más cercana. La liturgia impersonal que les ofrecen no es suficiente. Deben sentirse inmersos en lo que creen. Necesitan pensar que aquello en lo que creen vive a su lado, los entiende y sufre y se alegra con ellos en una forma mucho más real. Deben contagiar la religión de sus propios para hacerla suya. De mitos que en muchos casos son mucho más antiguos que las religiones actuales.
     Dentro de esa religiosidad encontramos elementos de resistencia de culturas que han sido absorbidas y acalladas, a veces por la fuerza de la espada, a veces por pueblos más nuevos y vivos. En esos ritos religiosos populares, que a veces pueden parecer equívocos, existe una memoria histórica que se hace presente:
"La  religiosidad popular es así concebida  como expresión
de  la resistencia  no sólo religiosa,  sino también  histórica
del pueblo. Le sirvió para no sucumbir como sujeto cultural
y para expresar un proyecto histórico alternativo." (1)
     Veríamos la religiosidad popular como algo que perdura a pesar de todo.
     La Iglesia, quizás no siempre comprendió y aceptó esas diferentes formas de entender la vida religiosa de los pueblos, o quizás se contentó con recubrir de un barniz cristiano muchas tradiciones y ritos que no se prestaban fácilmente a ser cristianizados.
     En la enorme extensión cultural  que es Latinoamérica aún persisten visiones míticas del hombre y su mundo, visiones que no han sido afectadas por el cristianismo más allá de su apariencia formal.
     Pero no se debe caer en la tentación de confundir religiosidad popular con religiosidad rural. En las grandes ciudades latinoamericanas, que se han desarrollado desaforadamente en muy pocos años con el aporte de emigrantes rurales, las enormes bolsas de pobreza y marginación logran lo que el aislamiento de los caseríos no pudo lograr, el hombre se siente solo y desarraigado. El hombre acude a la religión en busca de la protección y del apoyo que no encuentra alrededor.
     Para estos hombres y mujeres que buscan con desesperación algo a lo que poder aferrarse, el Dios Padre del cristianismo es ya un deus otiosus. Un Dios lejano e inaccesible, al que las súplicas y los ruegos no alcanzan y al que no conmueven los sufrimientos de sus fieles. Él está por encima del mundo y de sus miserias, más allá de las pasiones humanas, ha perdido calor y cercanía. Hay que acudir a otras fuerzas que sirvan de intermediarias entre el mundo y Él.
     Dios Padre no recibe la devoción, Él dirige los destinos de todas las cosas, pero sólo atiende súplicas a través de seres más cercanos al hombre.
     Jesús es hombre, conoció el dolor, el amor, el sufrimiento, la soledad. Conoce la sensación de no tener a quién acudir. El Cristo de Portobelo es el mediador entre Dios y los hombres, entre Dios y los pobres, los maleantes, los ladrones, los desesperados.
(*) La autora es antropóloga
(1) Religiosidad popular, Ed. USMA, Panamá (Panamá), 1° semestre, 1988 (pág. 61)
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EL CRISTO DE PORTOBELO - EL CRISTO DE LOS DESHEREDADOS. MÓNICA MIGUEL FRANCO. Editorial Portobelo, Pequeño Formato 101 - Historia - Religión. Panamá, 1988.
Foto: SERTV