Una hojita en blanco avanza, se diluye. Se desestima.
Una hojita de papel llena de blanco se va cubriendo
de más blancor, de vacío cicatrizado sobre un cuerpo.
Mi voluntad elige escribir: hacer más blanco el tramo
entre mi Mundo y Yo.
Así yo me diluyo, me destino.
Un papelito avanza hacia su desestimación. Alguien
lo lee, lo escupe —lo masticó primero-, y se arrepiente.
La vida no vale nada en esos papeles. El blanco ha sido
tomado por más blanco —aunque manchado el papel
aguanta cualquier lectura.
Pero el poema insiste: «mi verso debe dolerte y seguirte
como la sombra del hambre. Como cualquier montaña.»
Más la palabra sólo es palabra cuando es silencio.
...
A tientas el escritor se hace más blanco. Nadie lo quiso
así, pero sucede. Los rojos contenedores de su memoria
si no se derriten con facilidad terminan sepultados bajo
la nieve.
El acto de la escritura (declaro que no es para la gente
ni para los artistas): vive de tan poco y muere entre
tantos. Versiones antiguas de uno que ya no escriben.
Los heterónimos de Pessoa serán error recordado.
De un libro al siguiente ya es otro el que se desvanece.
En su raíz una palabra halla evasión. Y en los espacios
en blanco instala su permanencia. El factor sin embargo
es que nada cambia de sitio con delicadeza. Quizás, por
ejemplo, termine yo este encadenamiento ficcional y disponga
de los vacíos para pedir abismo.
En todos los espacios blancos están las ventanas inmóviles
donde unos ojos se desangran como nata de río.
Busca el vacío a su autor en simuladas trazadas que
intuyen, como todos, un tierno oriente. Contra todo
pronóstico nadie destruye a nadie. Entre la evasión
y la permanencia hay sólo palabras. El autor al final
no dispone de otro vacío que esa duda sobrenatural
sobre lo que él ha escrito, dejando su mente en blanco,
con los ojos en blanco, contra un papel en blanco
usando frases en blanco. Envejeciendo bajo la luna
que desaparece.

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Manual de ruido, Premio Pichincha de Poesía 2014-2015
Foto Diana Coca en blog de Abel Ochoa